RELATO: El sueño del escritor

-Escribe, lee…lee, escribe- me decía la chica mientras se acercaba lentamente hasta donde yo me encontraba.

La miraba absorto sin saber bien qué hacer.

-Escribe, lee…- volvía a gritar, pero yo no oía su voz como si fuera un grito, sino como un susurro, aunque sentía que su voz era poderosa.

Por un momento, antes de que llegara, pude ver lo que me rodeaba: estanterías repletas de libros que se perdían hasta lo que podía ver, tragadas por la oscuridad. Sentí que estaba en medio de una enorme biblioteca, debajo de una bombilla que enfocaba la mesa justo debajo de mí.

-Escribe…lee- ella estaba a punto de alcanzar mi posición.

Miré la mesa sobre la que estaba: sólo un libro descansaba encima de su gran superficie, era blanco, sin título ni señal alguna en su portada de qué contenía. Me centré por un instante en él, algo me decía que era familiar pero a la vez me provocaba un intenso terror, como si fuera a adentrarme en un paraje desconocido.

-Escribe, escribe…- la chica se había parado enfrente de mí, tan lejos como lo permitía la mesa que sostenía el extraño libro – escribe- repitió cansinamente.

La miré directamente a los ojos y un destello de luz mortecina me traspasó por segundos, haciéndome reaccionar.

-¿Qué quieres que escriba?- dije al fin.

Solamente me sonrió.

Palabras a toda velocidad me recorrieron la mente, imposibilitando que me centrara en ninguna de ellas. Era incapaz de comprender nada.

-Escribe- repitió una sola vez, con tono apaciguador.

Agaché la cabeza dejando de mirarla. El libro estaba abierto por la primera página, mostrándome la misma blancura que la portada. Lo agarré con las dos manos y pasé una tras otra las hojas, cada vez a mayor velocidad. Lo cerré al fin.

-Aquí no pone nada y no sé qué tengo que poner yo.

Su sonrisa me heló.

-Pues lee entonces.

Me giré donde estaba, ahí seguían las filas infinitas de libros en sus estanterías, esperando ser leídos. No sabía por dónde empezar.

-Ayúdame, por favor- dije suplicante.

Volvió a sonreírme, mientras miraba hacia la mesa que nos separaba.

Hice lo mismo y seguí su mirada: el libro en blanco había cambiado, ahora su portada era verde y mostraba un título con letras doradas, cuyas palabras no logro recordar, además del nombre del autor, que era yo mismo.

-Jamás he escrito esto- repliqué a la chica.

Una gutural carcajada me sobresaltó.

-¿Acaso alguna vez has dado libertad a esas palabras que crees no poder leer en tu mente?

No comprendía lo que me decía.

Calló secamente su risa. Me miró inquisitivamente. Pasaron minutos sin decir nada. No era capaz de apartar la vista.

-¿Ves todos esos libros que nos rodean?

Afirmé con la cabeza por toda respuesta.

Y me dejó tiempo para que los mirara desde mi sitio.

-Contienen el torrente de palabras que nacen en tu alma.

Por un momento creí comprender, mientras con las manos cogía el tomo que descansaba sobre la mesa.

-Lee, escribe, escúchate a ti mismo- oí en mis pensamientos.

Levanté la cabeza pero ella ya no estaba.

-Ya sabes lo que tienes que hacer- escuché un susurro a mi lado sin volver a verla.

Todas las bombillas del techo se iluminaron dejando que contemplara cada uno de los libros que allí descansaban.

-Escribe, lee…lee, escribe- me dije a mí mismo.

 


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