RELATO: Huida a través del bosque

Le dolía la pierna a horrores, había perdido mucha sangre después de la mordedura, aunque hacía un esfuerzo titánico porque le pudiera seguir sirviendo de apoyo para avanzar y tratar de alejarse todo lo posible de aquella bestia.

Su paso no era rápido ni firme pero tenía que ser constante, llegar hasta una carretera, pedir ayuda, curarse la pierna y, sobre todo, no morir a dentelladas.

A pesar del intenso calor sentía un frío doloroso en sus miembros, acompañado de temblores que le dificultaban, si más se podía, su incierto caminar. Para añadir más complicación a la huida no conocía el bosque, había venido con un amigo -pobre de él- pensó, no había podido reaccionar al ataque del animal.

Una rama rota allí, un arbusto movido, un rechinar de dientes feroces que tan bien conocía su pierna izquierda, por lo que aceleró lo que pudo su paso.

Levantó la cabeza para tratar de ver hacia dónde se encaminaba y se quedó pálido: un muro de piedra le cortaba el paso, sintió desfallecer, ralentizando por un instante su caminar. Una fuerza aparecida de la nada le empujó desde atrás y le llevó brutalmente contra aquella mole montañosa, golpeándole de lleno contra la cara. La boca le supo a sangre. -No puedes perder el sentido- se dijo a sí mismo.

Abrió los ojos como pudo y se encontró a escasos metros con el enorme lobo que le había atacado antes. Su boca con los dientes apretados rezumaba babas de pura rabia, sus ojos llenos de una ferocidad profunda, sus orejas levantadas como esperando una orden inminente.

Parado sin más movimiento que el de sus mandíbulas que, de tarde en tarde, se entrecerraban, como relamiéndose, hizo que el tiempo se detuviera ante lo que parecía inevitable.

A pesar de todo no quería ni debía darse por vencido. Miró rápidamente en torno a sí, no había más que peñascos desprendidos de la montaña, que parecían ser su única alternativa, pues no podía luchar cuerpo a cuerpo contra la fiera.

De repente sintió cómo el lobo se abalanzaba de un salto hacia él, por lo que cogió la primera piedra que pudo, con tiempo suficiente como para golpear al animal en plena cabeza justo cuando iba a morderle. Cayó desplomado a su lado, gracias al golpe certero.

Le miró, un charco de sangre comenzaba a formarse debajo de su cuerpo.

Respiró por un momento, parecía estar salvado. Volvió a mirar al lobo caído y se convenció de que estaba muerto.

Una carcajada desde dentro de sí, quizá por el miedo que le había perseguido durante tanto rato por el sombrío bosque, salió desde el fondo de su garganta. Echó otra mirada al animal, cuyo cuerpo yacía ahora sobre un gran charco de su sangre. Rió, y rió, y rió.

El ruido del movimiento de arbustos le cortó la risa -¿Habrá llegado ayuda?- fue su esperanza.

Algunas ramitas rotas sonaron al quebrarse cada vez más cerca de él e intentó agudizar el oído.

Abrió los ojos todo lo que pudo y no pudo creerse lo que veía: tres o cuatro lobos aparecieron en el pequeño claro donde una montaña le cerraba el paso y un lobo muerto estaba junto a él.

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